Es la construcción de una relación simétrica, en un entorno de confianza y compromiso mutuo, para lograr un espacio de tiempo dedicado a la reflexión y al aprendizaje recíproco, entre el cliente y el consultor. Es un lugar de encuentro con el cliente, de escucha efectiva, para encauzar su ansiedad, contextualizar las dificultades; sean estas de carácter técnico, personal, vincular y/o emocional.
Este espacio, tiene como objetivo principal, la intervención del consultor para diagnosticar de manera efectiva junto con el cliente los problemas de su gestión empresarial y personal. Es un trabajo asociado, entre el cliente y el consultor, para detectar las fortalezas y debilidades organizacionales y personales, individuales y colectivas; y de esta manera determinar las estrategias de abordaje más acordes para el ciclo de vida que atraviesa la Organización.
En nuestra experiencia profesional, observamos y apreciamos que existen determinadas etapas de la vida de una empresa, donde el cliente (directivo) detecta que algo no funciona bien, o por lo menos no acorde a sus objetivos, demandas y prioridades. En estos momentos, el cliente comienza a inquietarse y movilizarse, para tratar de interpretar que está sucediendo y poder hacer visible lo invisible.
Para disminuir el miedo, la propia inseguridad y las ansiedades, que genera cualquier cuadro de amenaza o incertidumbre; el cliente habitualmente “sobrelleva” sus problemas con sus colegas, asesores directos (contadores, abogados, sistemas, etc.) y/o sus colaboradores de mayor confianza. Del compartir las emociones, de las conversaciones y vínculos, se va proyectando la idea de la figura del consultor externo.
En la mayoría de los casos, el cliente NO sabe qué tipo de ayuda necesita, está confundido, le cuesta identificar y entender que está pasando. Sus requerimientos y relatos son genéricos, imprecisos y ambiguos. En ese momento la persona, se encuentra molesta y potencialmente más a la defensiva, como consecuencia de las dificultades. Por el contrario, en la minoría de las circunstancias, el cliente manifiesta que SI sabe qué tipo de consejos requiere. En estas situaciones, el cliente plantea, de manera paradójica, que el problema está afuera, no es él, son los demás y el mundo que están contra él. Se han hecho cómplices, para atentar contra su destino; y hay que cambiar y trabajar sobre los demás para que sientan y piensen lo mismo que él. En otras palabras, esto implica convertirlos en hijos que acaten su educación, valores y emociones. Para tranquilidad de todos, estos diagnósticos de los clientes que SI manifiestan saber que ayudan necesitan, son erróneos.
En relación a la consultoría propiamente dicha:
En relación al aprendizaje y comunicación
En relación a lo emocional
Para contar con una mirada externa, con cierta perspectiva, con un profesional capaz de estar en desacuerdo, con alguien que pueda ayudar a potenciar el diagnostico organizacional y personal, con un líder crítico y orientado a los resultados, un catalizador que contribuye a gestionar la ansiedad y angustia, que diga lo que no se quiere escuchar, que colabore para desaprender las viejas prácticas.
En primer lugar, cuando esté dispuesto a dejarse ayudar, sienta que no puede solo con algunas facetas profesionales y personales, que afectan su rendimiento. En segundo y otros órdenes de jerarquía, cuando:
En principio, a nivel conceptual y lineamientos de negocio, podrían existir similitudes, puntos comunes, entre la mayoría de los consultores y asesores externos. Ahora bien, la diferencia sustancial y lo que un cliente debe observar a la hora de elegir un consultor, son, su:
Es decir, la diferencia sustancial para elegir un consultor – además de los valores profesionales y personales-, son su capacidad y experiencia, para darle
“operatividad” a los lineamientos estratégicos; es decir como “bajarlo” a una práctica coherente y consistente con el perfil de su Organización.